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Fuego contra Perón, testimonios exclusivos del bombardeo a la Plaza

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Fuego contra Perón, testimonios exclusivos del bombardeo a la Plaza

Mensaje por Talisman el Mar Jun 16, 2015 11:22 pm

Entre los académicos ingleses circula una frase llena de sarcasmo: “Los historiadores tienen un poder con el que ni siquiera cuentan los dioses:pueden cambiar el pasado”. Los sucesos de junio de 1955 fueron pródigos en mitos y tergiversaciones innecesarias. La verdad nos hace libres, sólo cuando estamos maduros para escucharla.


Por Horacio Rivara

Estos mitos son:

En su ataque, el capitán de infantería de marina Juan Carlos Argerich llegó hasta el segundo piso, ingresó al despacho presidencial y, al encontrarlo vacío, descargó su ametralladora contra el respaldo del sillón de Rivadavia. Pese a intentarlo con toda su voluntad, el capitán Argerich jamás llegó a entrar aquel día en la Casa Rosada.

Los soldados y oficiales de Granaderos opusieron una feroz resistencia y no se lo permitieron. De haber entrado, habría caído muerto a los pocos pasos. Al respecto, dijo: “Siempre me molestó este mito, ¿qué persona normal descargaría una ametralladora contra un asiento vacío?”.

Sin embargo, el respaldo del sillón de Rivadavia sí recibió tres impactos de bala que, por el ángulo, probablemente hayan sido disparadas por las ametralladoras frontales de un avión Texan naval.

Durante el ataque, Juan Perón escapó por un túnel hacia el búnker atómico en el subsuelo del edificio Alas. Al recibir las advertencias del ataque, que llegaron por cuatro vías diferentes, Perón se retiró de Casa Rosada, trasladando el puesto de mando al edificio del Ministerio de Guerra, a sólo 150 metros. Hizo el trayecto en auto.

A las 15.24, al ser atacado el edificio, Perón descendió hasta el segundo subsuelo. Este, aunque no fue pensado ni diseñado como búnker, ofrecía una buena protección. El búnker atómico del edificio Alas, entonces Atlas, se construyó, como se hacía en todas las grandes capitales del mundo, pensando en su capacidad para soportar un ataque atómico sobre Buenos Aires. Contenía comida, agua y medios para sobrevivir cinco semanas.

Sólo murieron 22 personas. O su contrario, murieron 680, y la mayoría por bombas lanzadas sobre la Plaza. El Registro Civil contabilizó oficialmente 169 muertos: 168 por heridas de metralla, balas, quemaduras o explosiones, y uno, el italiano Domingo Stirparo, de 89 años, fallecido por síncope cardíaco cuando fue sorprendido por el ataque mientras alimentaba las palomas de la Plaza.

Otros 14 muertos, aunque no consta en sus partidas de defunción que murieran a consecuencia del ataque, fueron reputados como víctimas por los medios de la época.
Durante el ataque a las iglesias, resultó gravemente herido el padre Jacobo Wagner, alemán de 80 años. Si bien se recuperó, no lo hizo del todo y murió dos meses después.

La golpiza recibida fue considerada una de las causas concurrentes de su muerte.
El general Perón dio la cifra de 200 muertos, y así lo escribió en su libro La fuerza es el derecho de las bestias, número que se acerca bastante a la realidad si contamos los heridos que fueron muriendo las semanas siguientes. Sobre los heridos no hay polémica, todos los calculan en 700.

Ninguna bomba alcanzó directamente la Plaza de Mayo, aunque algunas pegaron muy cerca, sobre el borde. Los muertos y heridos por bombas y metralla se produjeron sobre la avenida Paseo Colón. El mayor número de víctimas se generó por los disparos cruzados en la batalla por el Ministerio de Marina.

 
 
 
 
 
 

El 16 de junio de 1955 los aviones navales y de la Fuerza Aérea llevaban pintado el símbolo Cristo Vence (una cruz sobre la V de la Victoria). Este símbolo nació durante la ocupación alemana de Francia. Una Cruz de Lorena, símbolo de la resistencia, sobre la V. Cuando recrudeció el conflicto de Perón con la Iglesia, la Cruz de Lorena se convirtió en la Cruz de Cristo en pintadas callejeras. Era imposible pintar la consigna sobre los aviones, porque las bases fueron tomadas a último momento el mismo 16 de junio.

En cambio, sí llevaban pintado ese símbolo los tres Gloster de la Escuela de Aviación de Córdoba y dos aviones navales en el alzamiento de septiembre de ese mismo año. Paradójicamente, con el tiempo la Resistencia Peronista se apropió del símbolo, trocando la cruz por la P de Perón sobre la V de la victoria. Perón, al ver que los Gloster de la Fuerza Aérea lo atacaban sufrió un completo derrumbe moral.

Esta versión surge del almirante Lestrade, vicepresidente de Perón, quien experimentó una conversión total al antiperonismo luego de su caída. Desde el momento en que comenzó la primera oleada de bombardeo, Perón ordenó a su ministro de Defensa, Franklin Lucero, que se hiciera cargo.

La decisión fue correcta; más allá de la condición militar del presidente, nunca es buena idea concentrar en la misma persona la conducción política y la estrictamente militar. Lucero actuó rápida y eficazmente, igual que los generales Fatigatti y Embrioni, en aplastar la insurrección.

En cambio, el llamado de Hugo Di Pietro a los obreros a acercarse a la Plaza fue un trágico error. Los militares, que evitaron inteligentemente la caída del Ministerio de Marina en manos de las milicias civiles, fracasaron en cuidar los templos católicos de los saqueos. Al caer la noche del 16, la relación de Perón con los mandos medios del Ejército, y muchos generales de alta graduación, estaba tan gravemente dañada como los templos.

Durante el tercer ataque aéreo, Perón quedó gravemente conmovido por lo que veía y llegó a tambalearse contra un armario por el temblor producido por el impacto de una bomba. Lo afectó especialmente ver a los Gloster atacar, aunque por la falsa información dada por el ministro de Aeronáutica, brigadier San Martín, creía que eran piloteados por marinos. Prudentemente, ya que el Ministerio fue atacado en la cuarta oleada, fue conducido al segundo subsuelo.

Sin embargo, menos de dos horas después dirigió su palabra por radio al pueblo argentino en un discurso muy medido por momentos, amenazante por otros, pero por lo general mesurado. Ante el ataque, Perón ordenó movilizarse a las milicias de la CGT y a la Alianza Libertadora Nacionalista, y la quema de las iglesias.

Es un tema muy controvertido. No hay pruebas documentales ni testimoniales que demuestren que Perón ordenó directamente, a lo largo del día 16 de junio, la concentración de militantes de la CGT ni los ataques a las iglesias.

Pero en un sistema verticalista de poder, es poco probable que el secretario general de la CGT, Di Pietro, haya tomado la decisión de movilizar sin haberlo, por lo menos, conversado con Perón en los días previos. Lo cierto es que el presidente, al saber que estaban allí combatiendo, ordenó que se retiraran, enviando a su sobrino, el mayor Cialceta, a la CGT para transmitir las órdenes.

Pero ya era demasiado tarde. No se puede sostener seriamente que los ataques a las iglesias fueron totalmente espontáneos. Los atacantes conocían las direcciones de los 16 templos, sabían dónde atacar y dónde no. Por ejemplo, se evitó atacar a las iglesias de culto católico ortodoxo y a las del culto cristiano copto, pese a encontrarse ambas en el camino de los incendiarios, y no ser nada fácil distinguirlas de una católica romana. (...)

Las bajas en las milicias civiles fueron altísimas, y a cambio de demostrar que 50 mil personas estuvieron dispuestas a ir a morir por Perón, a éstas les quedó la duda de si, en un caso similar, recibirían las armas prometidas. Y aunque las recibieran, poco podrían hacer ante tanques Sherman, jets Gloster y artillería.

También estaba claro que muchos civiles antiperonistas estaban dispuestos a luchar y morir. La responsabilidad de Perón surge no tanto por sus órdenes directas sino por ser el principal promotor en generar un clima anticlerical, con discursos incendiarios en los que no midió sus palabras, especialmente el del día lunes 13 de junio.

Cada uno de sus conceptos hirió íntimamente a millones de compatriotas en sus creencias, que eran también las de Perón. Porque, aun con sus largos coqueteos con la magia, el espiritismo y el ocultismo, Perón fue siempre un católico practicante.
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